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Plantin, Christian (2011); Les bonnes raisons des émotions. Principes et méthode pour l’étude du discours émotionné. Berna: Peter Lang. Colección “Sciences pour la communication”, 94, 305 pp. ISBN: 978-3-0343-0602-7.

Mariano Dagatti

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    Les bonnes raisons des émotions. Principes et méthode pour l’étude du discours émotionné, el más reciente libro de Christian Plantin, profesor de la Universidad de Lyon II y especialista en argumentación, interacción y pragmática del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS, Francia), presenta, de una manera concisa y sistemática, los resultados de un conjunto de investigaciones acerca de las emociones en la palabra escrita y hablada. Desarrollada en la última década, [1] esta empresa analítica se integra a una teoría dialogal de la argumentación, cuyas bases el autor había esbozado en L’argumentation (1995) [2] y sistematizado, una década después, en L’argumentation. Histoire, théories, perspectives (2005). [3]
    Esta nueva obra, aún inédita en español, [4] tiene por origen, como el propio autor señala, una insatisfacción teórica: las situaciones argumentativas están marcadas en profundidad por la emoción, pero las teorías contemporáneas de la argumentación no prestan atención a este hecho o proponen, si acaso, un tratamiento rápido y somero. Es precisamente ese “vacío” en torno al tratamiento argumentativo de las emociones lo que el autor trata de colmar en los diferentes capítulos que conforman este libro, decididamente insoslayable para investigaciones ulteriores en el área. De allí que su propósito sea, como el subtítulo adelanta, proveer principios y un método para el estudio de la construcción de las emociones en los discursos argumentativos.
    Con un cuidado diseño y una claridad expositiva que merece ser destacada, este trabajo consta de dos grandes divisiones. La primera propone un estado del arte del abordaje de las emociones en la tradición retórico-argumentativa y ofrece una puesta a punto de las variables de estudio de la palabra emocionada. La segunda parte es una compilación de estudios previos del autor: una carta de un lector rabioso, un informe periodístico, una charla entre vecinas, un spot político; la persuasión se ejerce a través de razones y de sentimientos, estados de ánimo, pasiones, que están inevitablemente ligados. Estas dos grandes mitades están articuladas por una “transición”, que opera como una suerte de interfaz entre la propuesta de modelización y metodología de análisis y el estudio de casos concretos heterogéneos.


LA GRAN DIVISIÓN Y LA TRANSICIÓN

    Intentemos a continuación desarrollar de manera sintética las características nucleares de estas dos divisiones y su “transición”. La primera parte, que abarca los nueve capítulos iniciales, desarrolla una “aproximación a la emoción como práctica relativa al lenguaje, y propone una forma de modelización de la palabra emocionada, articulada a una metodología de análisis de casos concretos” (p. 2). [5] Como tal, este acercamiento teórico y metodológico puede clasificarse, a nuestro entender, en tres dimensiones: una dimensión histórico-conceptual (los términos afines al estudio de las emociones), una dimensión histórico-disciplinar (el devenir de las emociones en la tradición retórico-argumentativa) y una dimensión modélico-operativa (el esbozo de un modelo de análisis del discurso emocionado).
    La dimensión histórico-conceptual (cap. 1) ofrece un panorama de los términos afines al estudio de las emociones en el transcurso de la historia occidental. Afecto, emoción, pathos, sentimiento, son términos fronterizos que recuperan en este segmento inicial su densidad histórica.
    La segunda dimensión, la histórico-disciplinar, expuesta en los capítulos 2 a 6, presenta una revisión crítica del papel de las emociones en los estudios retóricos y argumentativos, desde las técnicas oratorias de la Antigua Retórica hasta el enfoque normativo de las teorías de la argumentación contemporáneas, herederas de los estudios pioneros de Ch. Perelman y L. Olbrecht-Tyteca y de S. Toulmin. Este segmento, el más extenso y polémico, comprende, por un lado, un repaso de los pesos relativos de las pruebas técnicas (ethos, pathos, logos) en las tradiciones griega y latina, que concluye con la constatación de la antigua primacía de las pruebas subjetivas (el ethos en la retórica aristotélica, el pathos en la retórica latina) sobre las pruebas lógicas (caps. 2 y 3). Por el otro lado, involucra una evaluación crítica de la denominada “Nueva Retórica”, nacida de los estudios de Perelman y Olbrecht-Tyteca en el ámbito francófono y de Toulmin en el ámbito de habla inglesa, y de su herencia normativa en la teoría de las falacias (caps. 4, 5 y 6). El predominio de una perspectiva logocéntrica y el “olvido” sistemático de las pruebas subjetivas redundan, según Plantin, en una concepción de la argumentación como “nueva retórica” que niega, paradójicamente, el componente subjetivo que define a la tradición retórica. Una argumentación sin sujeto y sin afectos deja el campo raso para una concepción ética, ergo normativa, de las prácticas discursivas. El capítulo 7, que cierra esta dimensión histórico-disciplinar, incluye en la consideración de las emociones un balance sucinto de los estudios psicológicos, teológicos y fisiológicos. La distinción entre estímulo y construcción narrativo-descriptiva, entre dimensión tímica y fásica, entre términos de emoción y orientación emocional nutren este estadio final del recorrido histórico.
    La dimensión modélico-operativa, tercera y última de esta primera parte, condensa en los capítulos 8 y 9 el “núcleo duro” de la teoría plantiniana. El autor sintetiza en ellos el recorrido conceptual precedente para dar paso a un ensayo de modelización de la reconstrucción de las emociones. Éste constituye uno de los intentos más convincentes de sistematizar un estudio retórico-argumentativo de la emoción en la palabra. Emoción dicha y emoción mostrada, enunciado de emoción, atribución auto y hetero-atribuida constituyen categorías operativas con un alto potencial heurístico para el análisis del discurso emocionado, cuya pertinencia no podría ser fácilmente soslayada a futuro. Esta tentativa de modelización es complementada por un estudio de la dramatización de la palabra, centrado en los mecanismos de producción de la emoción.
    A modo de interfaz entre la primera y la segunda parte, el apartado llamado “Transición – Recapitulación y orientaciones”, constituye una “bisagra” teórico-analítica. En ella Plantin realiza una articulación a todas luces necesaria entre las dos grandes divisiones de la obra, cuyo eje es la recapitulación de los desarrollos argumentativos previos y el diseño de una grilla de orientación para los analistas, de cara a los estudios de corpus. Argumentos por emociones, argumentos de emociones; Plantin sintetiza en este capítulo de “transición” las dos caras del vínculo entre razón y emoción en su teoría dialogal de la argumentación.
    La segunda parte del libro consiste en una compilación de artículos del autor en torno al discurso emocionado y al papel de las emociones en la argumentación. Es una puesta a prueba del modelo analítico, que muestra sus alcances y sus límites. Editados anteriormente en diferentes publicaciones especializadas, se trata de siete estudios de casos concretos que condensan los matices del trabajo emprendido. Éstos cubren un amplio abanico de objetos: los tres primeros incluyen textos escritos, en el formato clásico: carta de lectores, artículo periodístico, versión escrita de un pronunciamiento militante. El objeto del quinto es una carta que apela al boicot de un restaurante. El cuarto y el sexto toman interacciones verbales auténticas. El séptimo analiza un spot de campaña en el contexto de las elecciones presidenciales en México en 2006. La heterogeneidad de situaciones tiene por finalidad demostrar la reproducibilidad de los análisis y expresa el afán de generalización científica.
    Delineados ya los aspectos generales, intentemos ahora realizar un abordaje más pormenorizado de cada uno de los tramos de la obra.
    Las primeras palabras de Les bonnes raisons des émotions (en adelante, LBR) circunscriben el objeto de la obra: estudiar argumentativamente las emociones en la palabra hablada y escrita. Como toda toma de posición, la definición del objeto acarrea una definición del adversario: las teorías normativas-críticas de la argumentación, que entienden la argumentación como “la práctica racional por excelencia” (p. 1).
    “Guerra a la emoción”. Esa expresión resume para Plantin una ecuación que, en el campo de la argumentación, ha recorrido la historia de Occidente hasta volverse sentido común de nuestros contemporáneos: la virtud es congruente con la razón, las emociones son terreno fértil para la manipulación y el engaño. Deshacerse de las emociones, desapasionar el debate, juzgar y argumentar fríamente, sin emocionarse; la acusación, afirma el autor, tiene más de dos mil años: la emoción degrada el discurso, es el instrumento de sofistas y de demagogos, es el origen de todas las falacias.
    Contra la exclusión de las emociones del territorio legítimo de la argumentación y, por lo tanto, del campo de la racionalidad práctica, el autor sugiere que, en el discurso ordinario, razón y emoción son inseparables: “Representación racional y emoción son dirigidas por las mismas palabras, las mismas construcciones, los mismos argumentos; corresponden a las mismas intenciones del discurso” (p. 2). El postulado de trabajo es explícito: al igual que la razón, la emoción es un producto del discurso.
    Ejercicio de “razonadores que se esfuerzan por parecer fríamente razonables” (p. 1), Plantin afirma que la argumentación, dominada por el primado de la razón y por un punto de vista ético (luego, normativo), ha sufrido la expulsión de las emociones, que no es otra cosa que el corolario de la expulsión del sujeto. Emociones y subjetividad integran para el autor un díptico que las teorías de la argumentación precisan recuperar, a riesgo de reducir su objeto de estudio a una moral o a un modelo ideal, ajeno a toda práctica argumentativa empírica. En esta dirección, rendir cuentas del discurso ordinario emocionado implica abonar una lógica del sujeto, que involucre a las personas, sus afectos y sus representaciones: después de todo, una emoción es “una manera de ver las cosas ligada a una subjetividad y a una afectividad” (p. 9).


Las tres dimensiones: conceptos, disciplina y modelo

La dimensión histórico-conceptual

El desarrollo de la primera parte de LBR puede definirse –dijimos– a partir de tres dimensiones. Condensada en el capítulo inicial, la dimensión histórico-conceptual de las emociones implica una recensión de los términos afines al tratamiento de las emociones en diferentes disciplinas y en diferentes períodos históricos. Son siete sustantivos: emoción, humor, afecto, sentimiento, pasión, pathos, éprouvé; [6] el autor presenta las definiciones de cada una de estas nociones y señala su filiación histórica, con el propósito de devolverles “el peso de su pasado” que los “orienta hacia un campo o un género” (p. 10): así, la época de las pasiones es la época clásica; la de los sentimientos, el Siglo de las Luces y la época romántica; la época de las emociones, la nuestra; o desde el punto de vista de los campos disciplinares, el término “pasión” reenvía a la filosofía, la religión y la moral; afecto, emoción y éprouvé al psicoanálisis y la psicología; pathos a la retórica del arte; humor a la medicina.
    Como corresponde a la voluntad de construir un modelo de análisis, el inventario de términos afines deviene desagregación sémica y bosquejo de pautas de estudio. Así, teniendo en cuenta las variaciones del vocabulario en cuestión, Plantin desgrana los términos, atento a aquellos aspectos que se tornan relevantes para la confección de un modelo: el componente activo/pasivo en torno al término “emoción” (acción/pasión), el componente mutable/inmutable de los humores (lo tímico y lo fásico), el componente subjetivo de pathos y sentimiento, etc. Como un rompecabezas semántico, el autor selecciona y combina elementos nocionales diferenciales con el fin de establecer un vocabulario teórico homogéneo. [7] El objetivo explícito es echar luz sobre las “interferencias permanentes de la escritura teórica” (p. 15), dado que es difícil atenerse a un sólo término para dar cuenta de la amplitud terminológica del campo. Este recorrido le permite al autor justificar por qué prefiere utilizar el término “emoción”: da acceso a una familia completa de derivados semánticamente homogéneos que, en conjunto, forman “una bella familia aprovechable conceptualmente” (p. 13).


La dimensión histórico-disciplinar

Segunda dimensión mencionada, el recorrido histórico-disciplinar abreva en tres grandes modelos retórico-argumentativos: la Antigua Retórica, la Teoría de la Argumentación y la Teoría de las Falacias. Como ha ocurrido con otros investigadores en el marco de las tendencias del análisis del discurso del ámbito francófono, [8] el modelo de la Antigua Retórica le sirve a Plantin como un antecedente para traer a colación una dimensión subjetiva [9] de la persuasión que las teorías lógico-normativas habían dejado fuera de escena. [10]
    Las teorías retóricas de la argumentación, de hecho, a diferencia de las teorías lógicas y normativas –que ofrecen una perspectiva inmanente de focalización de los objetos de debate–, manifiestan en su desarrollo un predominio del ethos y del pathos (pruebas subjetivas) sobre el logos (prueba intelectual o lógica); dicho de otra forma, engarzan los objetos en sus contextos interpersonales y emocionales. [11] El catecismo retórico –como lo llama Plantin– indica que


la persuasión completa es lograda por la conjunción de tres operaciones discursivas: el discurso debe enseñar, agradar, emocionar (docere, delectare, movere). Debe en primer lugar enseñar por el logos, es decir informar (contar, narrar) y argumentar; esa enseñanza pide prestada la vía intelectual para la persuasión, aquella que trazan las pruebas objetivas. Pero información y argumentación son, por un lado, amenazados por el aburrimiento, y, por otro lado, no alcanzan a provocar el pasaje al acto; no es suficiente ver el bien, se necesita quererlo. (p. 18)

    La noción retórica de pathos constituye, en este marco, “el primer tratamiento sistemático de la emoción en el discurso”. Vale decirlo, ésta estará dada por recurrir a un “conjunto de pares de emociones opuestas”, que permitirá inscribir “de manera decisiva el análisis de las emociones retóricas en una estructura Discurso/Contra-discurso” (p. 17): cólera/calma; indignación/piedad, etc. El discurso retórico es doble: “dos posiciones se enfrentan, encarnadas por dos personas, sosteniendo dos discursos” (p. 23). Está atravesado por un enfoque controversial, lingüístico, de la emoción, en el que los discursos opuestos construyen posiciones y emociones antagonistas. La primera conclusión, señala Plantin, es que cuando hablamos de emociones, estamos de lleno en el campo de la acción discursiva: argumentamos por la emoción.
    La segunda conclusión sustantiva respecto de las emociones en la Antigua Retórica es, a los ojos del autor, la decisiva conexión que éstas mantienen con el ethos, “el tratamiento de la persona como recurso argumentativo” (p. 27). Ethos y pathos son, bajo este enfoque, dos nociones complementarias.
    Esta “simbiosis” merece destacarse. Cuatro aspectos parecen, sobre todo, relevantes: el primero atiende a que la principal faceta emotiva del ethos reposa en la confianza. La autoridad éthica combina buen sentido, virtud y simpatía en un sentimiento único de confianza; la confianza es típicamente un sentimiento, un estado psíquico y cognitivo estable, que combina intuición afectiva e intelectual. La eficacia de la estructura pathémica del ethos estaría, así, inspirada “en la palabra percibida como sincera” (p. 30). El segundo aspecto consiste en lo siguiente: el ethos, entendido como una noción trifásica, [12] involucra no sólo contenido verbal, sino también diversos códigos semiológicos paraverbales (gestualidad, entonación, vestimenta, etc.). El ethos es, en este sentido, un fenómeno “pluricanal”, “el producto de la performance total” (p. 37). [13]
    En cuanto al tercer aspecto: Plantin, desde un enfoque dialogal, propone un método basado en una definición estilística del ethos, con el objetivo explícito de superar “la reconstrucción atomista, por acumulación de micro-observaciones” (p. 40). Como el ethos persuade, o disuade, por empatía o antipatía, en un juego de mecanismos de transferencia y de contra-transferencia, una definición estilística –en la línea de Hermógenes de Tarso (siglo II)– [14] permitiría orientar un estudio del ethos que deje de lado la búsqueda de una hipotética “sustancia” del locutor y que oriente su estudio como respuesta a una pregunta y en oposición a los éthè generados por los otros locutores en respuesta a esta misma cuestión. Contra la “trampa de la interpretación infinita subjetiva” (p. 40), Plantin afirma que reconstruir la persona (ethos) es una tarea fundamentalmente contrastiva: la concepción de la persona como categoría estilística –“L’éthos, c’est l’homme – et l’homme, c’est le style”– es decisiva, porque propone un método que permite entrar en el detalle de las técnicas lingüísticas de construcción de las emociones y de las personas del discurso. El ethos, en conclusión, se construye sobre la emoción.
    El último aspecto éthico a tener en cuenta, desde nuestro punto de vista, apunta a la relación entre estados emotivos estables y estados emotivos pasajeros. Retomando a los retóricos latinos, Plantin postula que al construir su ethos,


el orador procede a la regulación del estado de fondo de su palabra, de la tonalidad psicológica de base sobre la cual construye especialmente la famosa confianza que lo volverá digno de crédito ante su auditorio. Del punto de vista de la estructuración de los afectos, el ethos corresponde a la línea de anclaje tímico (humor) de las perturbaciones fásicas (emociones), características del pathos. (p. 27)

    El segundo gran modelo del recorrido histórico-disciplinar del autor, después de la Retórica Clásica, es la Teoría de la Argumentación. Con respecto a este punto, Plantin analiza cómo la refundación de la teoría de la argumentación ejecutada por Perelman y Olbrechts-Tyteca en la literatura francófona y por Toulmin en la literatura anglófona deja fuera, de manera reiterada, el papel de los sujetos y de las emociones. En la lógica sustancial de Toulmin, por ejemplo, las afirmaciones (conclusiones, puntos de vista) son articuladas por consideraciones objetivas, separadas de los locutores y de sus afectos. En cuanto al Tratado de la Argumentación de Perelman y Olbrechts-Tyteca, la preocupación por definir un espacio argumentativo específico redunda en una definición de la argumentación que la disocia radicalmente de la lógica, por un lado, tomada como prototipo de la actividad demostrativa, y de las emociones, por el otro, que resultan, no obstante, representadas por la noción de valor. “La práctica argumentativa es, pues, situada como una actividad en el intervalo [“une activité d’entre-deux”], en la que un sujeto que aspira a lo razonable habla y prueba sin demostrar ni emocionar(se)” (p. 45).
    El campo de la argumentación se afirma por este gesto fundador a buena distancia de las cercanas retórica y lógica. Recostada sobre la lógica formal, considerada en su producto final y no en su proceso de construcción, la demostración es concebida como el contrapunto de la argumentación. Simétricamente, y a pesar de su promisorio subtítulo, el Tratado rechaza la retórica en una de sus dimensiones esenciales, aquella de los afectos: [15] extrae del dominio de las emociones la noción (fuerte) de valor (lo no emocional en las emociones, por decirlo así) para rechazar lo emocional puro (noción débil) fuera del campo de la argumentación. Instalada en el intervalo, concluye Plantin, “la argumentación talla su Imperio[16] (p. 56) entre emociones puestas fuera de campo y una demostración endurecida por las necesidades de la causa.
    Según el trabajo de Plantin, el Tratado apaga la dimensión emocional de la retórica mediante un triple movimiento: en primer lugar, un enfoque psicológico que entiende la emoción como una perturbación del discurso; en segundo lugar, una oposición, heredada de la filosofía “post-cartesiana” y vuelta sentido común: el topos de “la razón contra la emoción”: de un lado, lo racional, lo calculable, lo formal, lo evidente; del otro, la imaginación, las pasiones, la sugestión, el interés, los ídolos, los prejuicios. Por último, y en el plano propiamente teórico, por una maniobra inédita, la noción de emoción es disociada en una oposición emoción/valor, entendiendo a esta última categoría como “menos peyorativa” que la primera, e integrable a la teoría de la argumentación como determinante de la acción. [17]
    En estas condiciones, señala Plantin, “¿podemos aún decir que se trata de una ‘Nueva retórica’?” (p. 55). Si tenemos en cuenta que el Tratado deja de lado no sólo las emociones, sino incluso el tratamiento de la situación-ocasión de la palabra argumentativa –como las emociones, la voz, el gesto, todo aquello que concierne a la performance oral frente al público–, parece posible afirmar que “a pesar de su subtítulo, el Tratado ha afirmado la autonomía de la argumentación en oposición a la retórica” (p. 56). La “nueva retórica” constituye, en este sentido, nada más y nada menos que una teoría de la argumentación no retórica, que excluye las emociones y la subjetividad; paradójicamente, “una visión anti-retórica del discurso argumentativo” (p. 76).
    Pasemos ahora al tercer alto del recorrido disciplinar de Plantin: la Teoría de las Falacias. En el capítulo 5, “Teoría de las falacias: ¿una argumentación sin sujeto ni afecto?”, Plantin señala que en la ruptura entre retórica (argumentativa) y teoría de la argumentación se ubica el tema de la persona y de las emociones. La teoría llamada “estándar” de la argumentación crítica introduce la noción de sofisma de emoción o de falacia ad passiones, que hace de las emociones el principal contaminante del discurso, ya que “obstaculizan la adquisición de la verdad”. Amistad, simpatía, piedad, miedo, indignación, entusiasmo, cólera, pena, apatía, alegría; cuando recapitulamos –sostiene Plantin– es el pathos en su globalidad el que es declarado falaz.
    La teoría de las falacias es la única teoría de la argumentación que realmente se ocupa de las emociones, pero lo hace, claro está, para eliminarlas. El elemento personal (ethos) y el elemento emocional (pathos) son considerados, en este contexto, nocivos para una argumentación razonable. El discurso argumentativo, para ser admisible, debiera primero, así parece, deshacerse de la dimensión subjetiva. Esta exigencia normativa, tomada al pie de la letra, obligaría a asumir como una argumentación ideal un discurso no emotivo, es decir, un modo de expresión casi patológico que no puede ser propuesto como modelo para la argumentación ordinaria a menos que concibamos la sociedad como un nido de psicópatas. La teoría estándar de las falacias, cuya influencia es notable en enfoques argumentativos incluso contemporáneos (i. e. la “nueva dialéctica” o teoría “pragma-dialéctica” de la argumentación [18] ), parece pensar que todo iría mejor en un mundo por fin racional, en el que podamos liberarnos de toda dimensión patémica (p. 76). El dominio de la argumentación –ironiza el autor– “vela sobre las falacias como sobre la línea Maginot, [19] que la protege y la purifica de la retórica, es decir, del lenguaje” (p. 84). La argumentación, bajo esta óptica, corre el riesgo de volverse una disciplina operatoria, alexitímica, carente de palabras para describir la emoción. (pp. 85-86).
    En continuidad con los desarrollos del capítulo anterior, en el capítulo 6, titulado “¿Teoría de las falacias o antropología moral del discurso?”, Plantin ve la necesitad de situar el tratamiento de las falacias emotivas en un marco histórico que, a su parecer, se ubica más en el de la antropología moral que en el de la lógica (p. 99), dado que “no existe una teoría de las falacias sin filosofía del espíritu y antropología moral” (p. 111). Toda discusión sobre la naturaleza y las formas de las falacias de emoción presupone, después de todo, una teoría de la articulación de la razón a las emociones y, además, una teoría del espíritu y de su funcionamiento, que raramente son aclaradas. La exclusión, o por lo menos la desconfianza frente a las emociones, es retomada de una tradición filosófica de crítica moral del discurso, que encuentra expresiones ejemplares en algunas páginas de J. S. Mill y en la Lógica de Port-Royal, específicamente en el capítulo dedicado a los “sofismas de amor propio, de interés y de pasión”. Como sea, concluye el autor, “la teoría de la argumentación no puede hacerse cargo de todos los pecados del mundo” (p. 109).
    “La emoción: antes, durante y después” es el título del capítulo 7, en el que Plantin expone que “la capacidad de expresar emociones es una condición de ejercicio de la argumentación, aunque el estudio de las emociones en la palabra argumentativa no se puede disociar de un estudio de la palabra en general” (p. 113). Para hablar del antes, durante y después de la emoción, el investigador se inspira en dos enfoques de la emoción, que resultan a la vez provechosos y problemáticos si se quieren aplicar al análisis de la palabra emocionada: por una parte, el modelo psicológico “Estímulo → Respuesta”, por otra, las diferentes listas de emociones básicas, heredadas de la teoría psicológica de las emociones e, igualmente, de la teología, la filosofía y la retórica clásica. Con una mirada analítica que da especial relevancia a las secuencias emocionales [séquence émotionnelle] y a la gestión compartida de las emociones [copilotage de l’émotion], el propósito básico del enfoque de Plantin es tener en cuenta una visión global del escenario emocional que abarque la situación emocional y sus desarrollos, que eche por tierra una concepción atomista de las emociones.
    Más allá del relevo teórico y analítico en vistas de una teoría argumentativa del discurso emocionado, las dos perspectivas –la conductista (E → R) y la de las emociones básicas– le permiten al investigador abordar tres problemáticas, a nuestro entender, centrales en torno a las emociones. En primer lugar, la cuestión de la individuación/socialización de las emociones, que, por cierto, involucra modalidades de interacción y semióticas diferenciadas, verbales y co-verbales. Incluso en nuestras culturas llamadas “individualistas”, afirma Plantin, “las emociones dominantes son indudablemente emociones de grupo, se trate de pasiones políticas, deportivas, artísticas, religiosas, o aun eróticas” (pp. 116-117). La presencia de los medios de comunicación merece, en este contexto, una mención: los estímulos “se distribuyen según los circuitos comunicacionales que ligan a los individuos y a los grupos, la parte de los medios en la organización que un grupo otorga a sus emociones deviene preponderante” (p. 117).
    La segunda cuestión de interés es la del cuerpo: teoría explícita de la palabra emocionada, el autor no desconoce que las emociones involucran manifestaciones semiológicas en los planos psíquico, fisiológico y comportamental, ya sea que se trate de sub-componentes motrices (mímicos y actitudinales; i. e. un gesto) o de fenómenos neuro-vegetativos, como, por ejemplo, la sequedad en la boca, el “ponerse colorado”, las palpitaciones, etc.
    Tercera problemática: el componente temporal y aspectual de las emociones. Los dos enfoques en cuestión nos llevan nuevamente a posar los ojos sobre la distinción entre estados tímicos y estados fásicos, entre aquello que es del orden de la permanencia, del estado, de la normalidad, y aquello que es del orden del acontecimiento, de la perturbación. Grado cero de la emoción, de un lado; del otro, excitación momentánea, lo tímico implica, para Plantin, “el nivel de tensión emocional estereotipadamente asociado a una situación: la entrevista de trabajo es estresante, una cena en un restaurante entre amigos es distendida” (p. 121), mientras que lo fásico permite distinguir tres momentos: “el acontecimiento inductor 1) viene a perturbar un estado psíquico de base; 2) provoca una excitación en el sujeto, 3) que es seguida de una recaída y de un retorno a la media” (p. 122).


La dimensión modélico-operativa

    Los dos últimos capítulos de la primera parte de LBR exponen la dimensión modélico-operativa de la teoría plantiniana de la palabra emocionada. Ésta presenta dos subdivisiones: el modelo de reconstrucción de las emociones y el modelo de producción de las emociones.
    Sinteticemos los principales argumentos. El objetivo del capítulo 8, “Significar la emoción: ensayo de modelización”, consiste –como su título adelanta– en proponer un modelo [20] que permita reconstruir el desarrollo de las emociones por medio de la palabra. De acuerdo con Plantin, el análisis de la palabra emocionada puede ser desarrollado en torno a tres polos: el polo expresivo-enunciativo, el polo pragmático y el polo comunicacional o interaccional. El primero implica interesarse por “el estado afectivo del sujeto emocionado, su estado cognitivo” (p. 136): sus percepciones, sus evaluaciones, tales como se pueden inferir de la actividad verbal, tonal y mimo-posturo-gestual. Formará parte de la reconstrucción por salida de la emoción [reconstruction par l’aval de l’émotion]. [21] La pragmática de la expresión emocional, en tanto, toma en cuenta la situación, esto es, el acontecimiento inductor y las transformaciones locales de las disposiciones a la acción del locutor (p. 136), que serán incluidos en la reconstrucción por entrada de la emoción [reconstruction par l’amont de l’émotion]. El polo interaccional, por último, toma en cuenta el hecho de que las situaciones de palabra involucran varios participantes (p. 136).
    El investigador presenta, en esta dirección, los instrumentos y los conceptos necesarios para el análisis de la construcción discursiva de las emociones. Primeramente retoma la distinción a la vez indispensable y problemática entre comunicación emotiva y comunicación emocional. Una constatación está en la base de esta oposición: en la actividad lingüística global las informaciones intencionales se combinan con informaciones no intencionales (p. 139). En este sentido, la comunicación emotiva es la estrategia intencional que señala la información afectiva en la oralidad y la escritura (e. g. disposiciones evaluativas, grados de énfasis) orientada a influir en la interpretación de situaciones del interlocutor y a alcanzar diferentes metas. La comunicación emocional, por su parte, es un tipo de fuga no intencional, espontánea; una eclosión de la emoción en el discurso (p. 139). El análisis del discurso, según Plantin, no puede tomar por objeto más que la primera, pero, al mismo tiempo, la mejor estrategia para una comunicación emotiva es hacerse pasar por una comunicación emocional. La noción fundamental es, así, la de emoción mostrada [emoción affichée]. [22]
    Una vez establecida esta distinción, el autor presenta la noción de enunciado de emoción, que une un estímulo, fuente de la emoción, con un término de emoción o de sentimiento (verbo o sustantivo) y con un lugar psicológico (llamado a veces expérienceur, quien experimenta la emoción). Los enunciados de emoción designan las emociones, y aportan una respuesta a la cuestión elementar “¿quién siente qué, y por qué?”; de esa manera, atribuyen una emoción a una persona y, en ciertos casos, mencionan la fuente de la emoción (p. 145).
    A diferencia de éstos, la emoción implícita puede ser reconstruida a partir de indicios emocionales obtenidos del formateo lingüístico de la situación fuente (reconstrucción por entrada de la emoción) o a partir del estado del lugar psicológico (reconstrucción por salida de la emoción). Ahora bien, ¿cuáles son los instrumentos que permiten reconstruir las emociones? Con el objetivo de establecer los principios que permiten definir la estructuración de la emoción en y por el discurso, Plantin propone un desarrollo de sus intuiciones con base en una técnica de localización de las emociones según tres vías; [23] a saber: una vía directa y dos vías indirectas.
    La vía directa releva aquella emoción que es declarada, exhibida en un enunciado de emoción explícito. Hablamos de una emoción denotada, proclamada, tal como se enuncia, por ejemplo, en: Yo detesto la cerveza. [24] Las vías indirectas implican una reconstrucción del enunciado de emoción a partir de emociones implícitas, aprovechando (i) las “señales de salida” (output) y (ii) las “señales de entrada” (input) de la emoción. Refiere, el primer caso, a los informes sobre los estados físicos y los modos de comportamientos perceptibles característicos de una persona emocionada (manifestaciones fisiológicas, mimo-posturo-gestuales o de comportamiento). Estas señales son los vectores de la empatía y funcionan según diferentes códigos semio-lingüísticos. El segundo caso refiere a los trazos que informan la situación bajo un formato narrativo-descriptivo apto para inducir tal o cual clase de emociones. En “Ahhh! Puaj! ¡Odio la cerveza!” por ejemplo, el sentimiento es a la vez denotado y connotado.
    Sea que tratemos de una emoción dicha o de una emoción mostrada, en ambos casos se debe tener en cuenta la persona que atribuye la emoción: la emoción es auto-atribuida (fijada en primera persona) o hetero-atribuida (ligada a otro) (p. 135). En el primer caso, el lugar psicológico (quien experimenta la emoción) corresponde al locutor: “Tengo miedo”, “Qué miedo”; en el segundo, no corresponde al locutor: “Juan tiene miedo...”. Bajo cualquiera de estos regímenes, el autor aclara que “la emoción es agenciada a un ‘se’ cuya naturaleza es definida por el cuadro situacional” (p. 152). En este sentido, “el problema de la empatía coincide, por decirlo así, con el de la extensión del ‘se’” (p. 153). [25]
    A diferencia del capítulo anterior –en el que presenta los instrumentos que permiten localizar emociones, por designación directa o por la reconstrucción de indicios–, el capítulo 9, titulado “Producir la emoción: la dramatización de la palabra”, se sitúa del lado de la producción. Cotejando diferentes sistemas y teorías de las emociones, el propósito del autor es precisar los principios generales que, en un discurso, organizan la construcción de la emoción. Esta tarea investigativa se apoya en reglas derivadas de la retórica antigua y clásica, así como en propuestas hechas en el campo del análisis del discurso, la pragmática y la psicología; el conjunto más completo de reglas parece corresponder al que Scherer propuso para el análisis del componente cognitivo de las emociones. Reglas retóricas, principios de inferencia, categorías lingüísticas, figuras del afecto, como la exclamación y la amplificación; Plantin ofrece un recorrido por diversas disciplinas a los fines de presentar un conjunto de ejes que organizan el discurso emotivo y la construcción de una situación emocionante a partir de la palabra. Entre sus conclusiones más destacadas, el autor señala la relevancia en la producción de la emoción de un ethos emocionado. Desde el punto de vista de la producción, afirma, el locutor debe internarse en primer lugar en el estado emocional que desea transmitir, es decir un estado que favorezca el encuadre empático de su público.


La transición: juegos de interfaz

“Transición – Recapitulación y orientaciones” es el título de la parte-bisagra de la obra, en la que, como dijimos al comienzo de nuestra reseña, Plantin articula la parte teórico-metodológica de la obra y la parte analítica. Esta “transición” sintetiza la concepción de la palabra emocionada a la que condujeron los capítulos precedentes:


en la palabra ordinaria, emociones y razones lingüísticas se construyen según los mismos principios, según las mismas orientaciones; forman parte del sistema de recursos estratégicos controlados y administrados por los participantes del acto de comunicación. (p. 185)

    La convincente exposición teórica, histórica y metodológica de LBR manifiesta, como conclusión, la doble imbricación constitutiva de las emociones y los argumentos: en nuestra vida cotidiana, existe argumentación por la emoción y argumentación de la emoción. Cinco aspectos son, a este respecto, cruciales para la construcción argumentativa de las emociones: la construcción lingüística de una emoción, la mostración de una emoción, la duda arrojada sobre una emoción, el desacuerdo sobre las emociones y la justificación de una emoción: las emociones, por lo tanto, no sólo constituyen una dimensión insoslayable de la argumentación, sino que, por ese mismo estatuto lingüístico y cultural, ingresan en el terreno de la polémica: las emociones pueden ser aprobadas, reprobadas, puestas en cuestión. Emocionar es –concluye el investigador– hacer un “framing”, es decir exigirle al interlocutor que tome una posición en relación con ese dato formateado como emocionante; es una forma de coacción por el encuadre lingüístico (p. 189). De allí que argumentar sea, entre otras cosas, un ejercicio y una resistencia a la empresa de “esta fuerza de arrastre” (p. 187).
    Contra una concepción funcionalista de la argumentación y contra una concepción psicológico-cognitiva de la emoción, Las buenas razones de las emociones tercia productivamente en el escenario de los estudios contemporáneos de la argumentación, interesados en el análisis de la palabra emocionada. Por un lado, el libro constituye una crítica a una concepción finalmente funcionalista de la argumentación que, amparada en la vieja oposición filosófica, vuelta sentido común, de razón y pasión, reduce las teorías de la argumentación a una teoría de las intenciones del sujeto que argumenta y, por ende, a una teoría alexitímica del sujeto moderno, es decir de un “sujeto pleno, si no virtuoso al menos sensible al discurso de la virtud, y dueño de sus intenciones”, “un sujeto que encarna la razón” y que experimenta las emociones como “un desorden orgánico, una enfermedad cualquiera” (p. 186). Por otro lado, LBR polemiza con un horizonte psicológico-cognitivo, ya que, in fine, no se trata de trabajar estados emocionales internos, psíquicos o físicos, sino el estado emocional significado por un enunciado dirigido a un destinatario: a los fines de un análisis del discurso argumentativo “las emociones son lo que significamos que son” (p. 192).
    Entre dos horizontes igualmente restrictivos, Plantin concluye que conviene dejar abierto un campo de investigación de las emociones como recurso, signo, actividad significante, estratégicamente manifestada, que interviene en un proceso comunicacional controlado y administrado por los participantes –ni más ni menos que el de la palabra en general. Es de este punto que partimos; las manifestaciones emocionales no son vistas como los efectos de ciertas causas, sino como significantes producidos por el otro (p. 186).


Siete estudios: ensayos, logros y “obstáculos”

Libro bifásico, LBR concluye con una compilación de siete estudios realizados por el autor en los que se pone en ejercicio el modelo analítico propuesto. Brevemente señalemos el contenido de cada uno. El primero, “Maldecir al gobierno: la rabia impotente”, propone un caso prototípico de construcción coordinada de las emociones. El segundo, “Un ligero escalofrío de miedo”, aborda la construcción metódica de una emoción ligera y ordinaria en un informe del diario francés Le Figaro. El tercer estudio, “De la apatía al orgullo: una argumentación de los sentimientos políticos”, permite explotar la noción de trayecto emocional, a partir de un folleto publicado por una asociación política en apoyo a la población bosnia durante la guerra de los Balcanes. El cuarto, “Las razones de la cólera”, analiza un diferendo entre el locatario y la inquilina durante una sesión de la “Comisión de Informes Locativos”. El quinto, “Significar la propia emoción – e irse sin pagar”, toma por objeto un llamado al boicot de un restaurante. El sexto, “Oye, tenía un gancho – copilotar las emociones”, profundiza sobre una forma de cooperación emocional entre dos vecinas acerca de un incidente traumático. El séptimo, “México 2006: la campaña del miedo”, se refiere a un spot difundido durante la campaña electoral presidencial de 2006 en México. Así como en los casos precedentes, el análisis se refiere en la dimensión argumentativo-emocional; la naturaleza de los datos permite integrar las dimensiones sonoras y visuales.
    Los estudios compilados refuerzan una genuina cualidad didáctica que atraviesa la obra. La presencia de anexos (que ofrecen especificaciones nocionales, reseñas históricas, bibliografía de referencia, gráficos), la claridad expositiva, el uso recurrente de itálicas y de negritas, la abundancia de diagramas y de cuadros manifiestan en diferentes planos una preocupación por acompañar la experiencia de la lectura. Esto permite, por otro lado, que el libro pueda leerse independientemente de las publicaciones anteriores del autor, y admite incluso lectores noveles en el área de la lingüística, la retórica y el análisis del discurso.
    En su virtuosa construcción de un estado del arte y en su ensayo de crear un modelo de análisis del discurso emocionado, LBR adelanta aportes fundamentales para el campo de la argumentación. Asimismo, pone en cuadro, de una manera tangencial, los “puntos ciegos” que futuras investigaciones en el área tendrán la obligación de entrever. La virtud didáctica de los estudios, de hecho, permite atisbar un conjunto de “obstáculos” teóricos y metodológicos.
    El primero de ellos es una cuestión de escala: Plantin –ha sido dicho– considera que la teoría de la argumentación trabaja procesos comunicacionales que son controlados y administrados por los participantes: una trivial conversación entre vecinas o la carta de un lector rabioso publicada en la prensa dejan entrever a través de los argumentos estrategias de persuasión, justificación, legitimación, etc. El carácter determinado de la comunicación que esta visión supone –aunque no significa en Plantin linealidad e intención– presenta en sí mismo problemas, si uno considera que la circulación de los discursos está definida por su indeterminación constitutiva.
    Como quiera que fuere, este debate, de por sí espinoso, merece una atención mayor –por no decir inevitable– en sociedades mediatizadas en las que las rupturas de escala complejizan irreversiblemente la interpenetración de las lógicas institucionales y las lógicas individuales. Ya R. Barthes (1970) en La antigua retórica había celebrado el potencial del arte retórico (¿a fortiori de las teorías de la argumentación?) para pensar la construcción de la opinión pública: la retórica de Aristóteles, escribía, “es una lógica voluntariamente degradada, adaptada al nivel del ‘público’, es decir, del sentido común”, cuya presencia “convendría a los productos de nuestra cultura llamada de masas”. Ciertamente, el autor menciona los trabajos de A. Atifi y de P. Charaudeau (p. 117) e incluso incluye un par de estudios de piezas “mediatizadas”, pero, de cualquier manera, reconocer el papel de los medios no releva de la tarea de observar los circuitos comunicaciones-interaccionales a gran escala. Analizar el papel de las emociones en una conversación entre dos familiares en un duelo no implica –ni sustituye– un análisis de las emociones de duelo a una escala social mayor como consecuencia, por ejemplo, de la muerte de un líder político o de una figura del star-system.
    No menos relevante se presenta la cuestión del diálogo interdisciplinario. Sin desconocer la constelación de disciplinas y subdisciplinas en el ámbito de las investigaciones discursivas, valdría la pena que esta teoría dialogal de la palabra emocionada encuentre su lugar y desarrolle su potencial heurístico más allá del espacio conformado por las teorías normativas de la argumentación y las teorías psicológicas-cognitivas de las emociones. La semiótica, por caso, ha desarrollado en los últimos veinte años un conjunto nada desdeñable de hipótesis de trabajo acerca del papel del sujeto, el cuerpo y las emociones en la construcción del sentido social. La mención de Barthes en el inciso anterior no fue, al respecto, casual: en paralelo a Perelman y Toulmin, y de una manera muy original, Barthes reivindicó la condición metalingüística de la retórica y manifestó tempranamente su interés por los aires del orador y por el fenómeno de las emociones. Como sea, muchas de las fundadas críticas que Plantin esboza en el campo de la argumentación encuentran su doble en el devenir disciplinario de la semiótica: debate en torno a la subjetividad y al lenguaje, esbozos de modelos para estudiar la puesta en discurso de las pasiones, consideraciones acerca de los componentes estésicos y temporales de las emociones, estatuto del sujeto encarnado, semiótica existencial. Gran número de los argumentos que expone E. Landowski (2012) para preguntarse si habría que rehacer la semiótica parecen tomados del mismo saco que los de LBR: en un caso y en el otro, la preocupación por las emociones trae aparejada una preocupación por el cuerpo y por el sujeto. Son problemáticas demasiado comunes como para no intentar conexiones. Una pregunta, entre tanto, asoma en la aproximación interdisciplinar: ¿no es posible pensar lo afectivo por fuera de la subjetividad?, ¿no hay teoría de las emociones sin una teoría del sujeto emocionado?, ¿y qué rol le cabe al cuerpo en esta tensión?
    El tercer “obstáculo” que vale la pena mencionar es el de la multimodalidad. Por tal, Plantin entiende una realidad que involucra fenómenos semióticos de órdenes diversos que exceden el ámbito simbólico de la palabra: imagen, sonido, en el caso del spot de “la campaña del miedo”; dimensión mimo-posturo-gestual en el caso de los comportamientos interactivos. El autor destaca, con insistencia y con toda pertinencia, que el suyo es un análisis argumentativo de la palabra emocionada; sin embargo, la afirmación abre el juego a algunas preguntas: ¿es posible diseñar un modelo de análisis que sea operativo para diferentes órdenes semióticos de la argumentación?; ¿está preparada una teoría de la argumentación para dar cuenta de argumentos visuales, sonoros, táctiles?; ¿cuáles serían, en ese caso, los mecanismos teóricos y epistemológicos de articulación? Los siete estudios que integran la segunda parte de la obra evidencian la pertinencia analítica del modelo para estudiar la palabra emocionada (bajo diversos géneros: conversaciones, cartas, informes periodísticos), al mismo tiempo que muestran las flaquezas para abordar otras modalidades genéricas (i. e. las secuencias audiovisuales de un spot, la dimensión mimo-posturo-gestual de una conversación). Estas fortalezas y flaquezas desembocan nuevamente en la pregunta por la relación de las teorías de la argumentación con disciplinas que, sin ser afines, tienen en su horizonte problemáticas similares. Por largo tiempo consideradas enfrentadas, la relación entre argumentación y semiótica podría, a la luz de la problemática común de las emociones, aportar a la construcción de un modelo de análisis multimodal.
    La “extensión” de los objetos de análisis plantea un cuarto “obstáculo”. Los estudios que propone Plantin están limitados a casos puntuales –una carta, una conversación, un spot, un informe–, incluso en aquellos casos en que el análisis permitiría una ampliación; después de todo, el informe de la “desertificación” del campo fue publicado por Le Figaró, es decir, en el contexto de un contrato de lectura determinado, mientras que el spot de “la campaña del miedo” fue emitido en el marco de una elección presidencial entre fuerzas políticas con identidades específicas, afiliadas a tradiciones específicas, etc. ¿Cómo estudiar el discurso emocionado más allá de un enunciado concreto? Está claro que no es lo mismo estudiar una conversación, una carta de lectores, un informe periodístico o un spot, que la discursividad de un gobierno o la lógica institucional de un medio de comunicación, pero ¿en qué medida las emociones y razones que construyen una identidad política, que impulsan la lectura de un diario y no de otro, que generan indignación o goce ante un diálogo trivial o un chiste, pueden ser estudiadas en análisis tan concretos? El discurso calmo y firme de un dirigente ante una situación de crisis puede guiar los ánimos hacia una resolución afortunada del conflicto, pero las sensaciones globales que transmite un gobierno (la afinidad, la indiferencia o el rechazo que provoca, por ejemplo) dependen con seguridad de estados emocionales que exceden el día a día, aunque se retroalimenten de él. La dimensión ethótica de un líder, sin ir más lejos, se construye en una articulación entre continuidades y variaciones, entre cotidianeidades y acontecimientos disruptivos.
    En este sentido, la distinción que recupera el autor entre estados tímicos y fásicos parecería ser un punto de partida posible. ¿Podría hablarse de una emotividad tímica que caracterice a un gobierno en tanto ethos gubernamental [26] y de una emotividad fásica determinada por los avatares del día a día? ¿Cómo operaría en esta distinción la tradición, el espíritu de época, los estilos y los hábitos? Y llegado el caso, ¿cómo pensar herramientas de análisis al respecto?
    El último “obstáculo” a considerar, que aquí apenas mencionaremos, refiere a la cuestión de los géneros. El objetivo general de Plantin, conviene recordarlo, es el de proponer una forma de modelización de la palabra emocionada. Este objetivo es lo suficientemente explícito como para reclamarle al autor análisis exhaustivos de las “realidades multimodales”. Es una tarea, sin dudas, por hacer. Con todo, y ateniéndonos a la realidad lingüística, la palabra emocionada resulta, por lo general, una palabra generizada, esto es, una palabra que se encarna dentro de un horizonte de expectativas dispuesto por la relativa regularidad de los enunciados: el análisis de las emociones en la teoría de la argumentación parecería precisar, en este sentido, de una articulación con una teoría de los géneros discursivos. Cada uno de los géneros y subgéneros, es de esperar, planteará nuevos desafíos que permitirán consolidar las perspectivas de investigación que esta obra generosamente proyecta.
    Referencia insoslayable en el dominio de la argumentación y el análisis del discurso, Les bonnes raisons des émotions. Principes et méthode pour l’étude du discours émotionné constituye un aporte fundamental para los estudios acerca de la construcción discursiva de la emoción. En esta obra se presenta, en primer lugar, un panorama erudito, crítico y sistemático del estado del arte en torno a las emociones, que conduce, en segundo lugar, a una lúcida tentativa de modelización de la palabra emocionada, articulada a una metodología de análisis de casos concretos. Los siete estudios que cierran el libro exponen de una manera clara y comprensible los logros y los obstáculos más relevantes de la propuesta. Se abren, así, posibles caminos de investigación sobre las emociones, importantes no sólo dentro del área de la argumentación y los estudios del lenguaje, sino también de la sociología, la teoría literaria y la política. Con el tiempo y en función de las investigaciones por venir, será posible observar si los “obstáculos” que tensionan el modelo –especialmente visibles en la selección, ya que no el abordaje, de los casos estudiados– son momentáneos, propios de su estado embrionario, o si componen, por así decirlo, un fuera de campo constitutivo del encuadre argumentativo del discurso emocionado.


Bibliografía

AMOSSY, Ruth; KOREN, Roselyne, dir. (2002); Après Perelman: quelles politiques pour les nouvelles rhétoriques? París: L’Harmattan.

BARTHES, Roland (1970); La antigua retórica. Ayudamemoria. Buenos Aires: Ediciones Buenos Aires.

BENVENISTE, Émile (1979); “De la subjetividad en el lenguaje”, en Problemas de lingüística general I. México: Siglo XXI, pp. 179 - 187.

LANDOWSKI, Eric (2012); “¿Habría que rehacer la semiótica?”, en Contratexto, 20, pp. 127-155.

MAINGUENEAU, Dominique (1996); “El ethos y la voz de lo escrito”, en Versión, 6, pp. 78-92.

MAINGUENEAU, Dominique (2008); “A propósito do ethos”, en AAVV, Ethos discursivo. Sao Paulo: Contexto, pp. 11-29.

PLANTIN, Christian (1997);“L’argumentation dans l’émotion”, en Pratiques, 96, pp. 81-100.

PLANTIN, Christian (1998); “Les raisons des émotions”, en M. Bondi (ed.), Forms of argumentative discourse / Per un’analisi linguistica dell’argomentare. Bologna: CLUEB, pp. 3-50.

PLANTIN, Christian (1999a); “La construction rhétorique des émotions”, en E. Rigotti (ed.), Rhetoric and argumentation. Actas de la Conferencia Internacional IADA. Lugano, pp. 203-219.

PLANTIN, Christian (1999b); “Arguing emotions”, en F. van Esmeren & al., Actas de la Cuarta Conferencia Internacional de la International Society for the Study of Argumentation. Amsterdam: Sic Sat, pp. 631-638.

PLANTIN, Christian (2009); “Significar la propia emoción –e irse sin pagar”, en Páginas de Guarda, 8, pp. 11-26. Disponible en: http://www.páginasdeguarda.com.ar.

PLANTIN, Christian (2010); “Argumentar por medio de las emociones: La campaña del miedo del 2006”, en Versión, 24, pp. 41-69. Disponible en: http://version.xoc.uam.mx.

 

 

Mariano Dagatti

  Universidad de Buenos Aires / CONICET

(Argentina)


 


[1] Entre sus primeras ponencias y artículos sobre el tema, pueden mencionarse: “La construction rhétorique des émotions” (1999), “Arguing emotions” (1999), “Les raisons des émotions” (1998) y “L’argumentation dans l’émotion” (1996).

[2] Editado originalmente en París por la editora Seuil, fue traducido al español tres años después por la editora catalana Ariel.

[3] Traducido al español en 2012 por la editorial porteña Biblos.

[4] No existe traducción al español, a excepción de los artículos “Significar la propia emoción –e irse sin pagar” (2009) y “Argumentar por medio de las emociones: La campaña del miedo del 2006” (2010).

[5] Salvo indicación en contrario, las citas corresponden a la obra reseñada; por lo tanto, solamente mantendremos la referencia del número de página. La traducción al español de las citas corren por cuenta del autor de la reseña.

[6] El término éprouvé es una nominalización reciente del verbo éprouver, utilizada a menudo en el campo del psicoanálisis y la semiótica. Este verbo puede ser traducido, según los diferentes contextos, como probar, afectar, sentir, sufrir. Como adjetivo, éprouvé significa literalmente “afectado”. En otras traducciones de la obra de Plantin el término ha sido traducido como “vivencia”; no obstante, esta palabra refiere más bien a “vécu”, y remite a la tradición hermenéutica. Quizás convenga hablar de “lo experimentado” o, si no resulta exagerado, del “patrón de la experiencia personal”. Agradezco, a este respecto, los comentarios de Alfredo Grieco y Bavio.

[7] Por ejemplo, el autor afirma que los fenómenos estudiados por Aristóteles en su Retórica bajo el término de pathos corresponden menos a las pasiones que a lo que nosotros actualmente llamamos emociones.

[8] Podría decirse que este gesto define una política común de las tendencias contemporáneas del análisis del discurso del ámbito francófono. Véase Amossy & Koren (2002).

[9] Claro está, esta recuperación de la subjetividad no depende pura y exclusivamente de una relectura de la Antigua Retórica, sino que también hace suyos los postulados de la teoría de la enunciación desarrollados por É. Benveniste. Véase el capítulo “De la subjetividad en el lenguaje” en Benveniste (1979) y el comentario de R. Amossy en Amossy & Koren (2002).

[10] Esta reivindicación no evita que Plantin detecte, en esa “arquitectura de ‘pruebas’ y de su acción”, “una teoría clásica del funcionamiento del espíritu humano, que opone razón y emoción, entendimiento y voluntad, contemplación y acción (y, en consecuencia, persuadir y convencer)” (p. 19).

[11] Esta manifestación presenta, no obstante, diferencias: mientras que Aristóteles afirma el primado del ethos, Cicerón y Quintiliano cotejan ethos y pathos para llegar a la conclusión de la supremacía práctica de este último.

[12] Por “trifásica” hacemos referencia a: una faceta construida “por la mediación del discurso”: el locutor en tanto que tal, o sea como fuerte de la enunciación; una faceta “prediscursiva”, basada en el rol del locutor en el espacio social y en las representaciones colectivas que circulan sobre él; y, por último, una faceta construida por “lo que el orador dice de sí mismo”: el locutor en tanto que objeto de la enunciación (o, en términos de D. Maingueneau, el ethos dicho).

[13] Vale la pena recordar que Maingueneau hablaba de los “efectos multisensoriales” del ethos (Maingueneau, 1996 & 2008).

[14] La cuestión del ethos es desarrollada en el tratado consagrado a las siete “categorías estilísticas del discurso”, a saber claridad, grandeza, belleza, vivacidad, ethos, sinceridad y habilidad (p. 41).

[15] En el Tratado, señala el autor, la cuestión del ethos (una sola referencia en el índice) es tratada a través de la problemática de la autoridad, de la ligazón de la persona con sus actos o sus dichos, en un tono que será el de las teorías posteriores de la argumentación. Asimismo, ninguna de las emociones retóricas de Aristóteles, de Cicerón o de Quintiliano figura en el índice. Pathos no se encuentra, emoción tampoco, incluso si la palabra aparece algunas veces en el texto; pasión tiene diez referencias; sentimiento ninguna; sentido emotivo tres remisiones (p. 48).

[16] La expresión remite a una obra posterior de Perelman, titulada L’empire rhérorique: Rhétorique et argumentation (1977), traducida al español por la editorial Norma bajo el título El imperio retórico. Retórica y argumentación.

[17] El autor expone que el Tratado quita esa función de determinación de la acción a las ‘pasiones’ para atribuírsela a la argumentación. Ese movimiento da el toque final para la eliminación de las emociones del campo argumentativo. Por esta hábil disociación [emociones ≠ valores], prosigue, nos quitamos de encima a las emociones en tanto que tales (quedan peyorativamente marcadas como obstáculos a la luz de la razón o de la fe), mientras conversan su potencial dinámico, transferido a los valores. Argumentamos –como demostramos– sin emocionar(nos), pero a partir de valores, que constituyen un punto de vista.

[18] Según Plantin, la nueva dialéctica, o teoría pragma-dialéctica de la argumentación, desarrolla “una concepción del debate como método de resolución de las diferencias de opinión. El debate crítico es racional en la medida en que respete un sistema de diez Reglas; se trata de una teoría normativa de la argumentación. La cuestión de la emoción es abordada por la vía de la Regla 4: “Una parte puede defender su punto de vista sólo presentando argumentos relacionados con ese punto de vista”. Esta regla es violada por los “ardides retóricos” si una de las partes defiende su punto de vista por medios de persuasión no argumentativos. Quien argumenta se ve entonces impedido, por una parte, de actuar sobre las emociones y los prejuicios del público (substituyendo el logos por el pathos), y, por otra parte, de alegar sus propias cualidades (substituyendo el logos por el ethos). En el discurso social, los sofismas patémicos son los instrumentos preferidos por los verdaderos demagogos, dirigiéndose a vastos públicos. Ellos explotan las emociones de la audiencia y actúan sobre sus prejuicios no pertinentes respecto a la tesis defendida (p. 87).

[19] La Línea Maginot, que debe su nombre a André Maginot, el político que la impulsó, fue una línea de fortificación y defensa construida por Francia a lo largo de su frontera con Alemania e Italia, después de la Primera Guerra Mundial.

[20] Por modelo, el autor hace referencia a una “representación esquemática, coherente, compacta y sistemática de una clase de objetos o de fenómenos por medio de conceptos definidos de la mejor manera posible, de reglas internas que articulen estos conceptos y de reglas externas (metodológicas) de operación sobre los objetos que se desean modalizar” (p. 135).

[21] La traducción de la oposición “amont/aval” no resulta sencilla. En su acepción más corriente, significa “río arriba/río abajo”; también es utilizado en un sentido más amplio como “más arriba/más abajo”, “antes/después”, “anteriores/posteriores” o incluso “hacia atrás/hacia delante”. En economía, por ejemplo, se habla de “marché amont” para referir a las materias primas del mercado y “marché aval” para indicar las manufacturas destinadas a los clientes. En este mismo dominio, se puede hablar de “amont/aval” en el sentido económico de “input/output”; como sea, se trata en todos los casos de un proceso primario, anterior y hacia atrás para “amont” y de un proceso elaborado, posterior y hacia delante para “aval. Por estas razones, traducimos el par, de manera provisoria, como “señales de salida (output)/señales de entrada (input)”.

[22] Traducimos “émotion affichée” por emoción mostrada, intentando recuperar la distinción que en torno al ethos se ha vuelto de rigor en el ámbito del análisis del discurso entre un ethos dicho y un ethos mostrado. Podría hablarse también de emoción ostentada.

[23] Plantin conjetura que “existe una estructuración de la ostentación emocional que no aparece más que en el plano de la palabra. Los principios de esta estructuración valen para el nivel verbal y sus resultados se coordinarán con los datos vocales y mimo-gestuales, sea en armonía, sea en oposición” (p. 142).

[24] No sería descabellado denominar esta vía pathos dicho, apelando nuevamente a las distinciones ya consolidadas en las tendencias contemporáneas del análisis del discurso francófono en torno a la noción de ethos.

[25] Esta aguda observación deja abierto el terreno a un estudio del rol de las emociones en las construcciones de las entidades del imaginario político: colectivos de identificación, meta-colectivos, etc.

[26] Por lo tanto, un ethos que sea entendido como el resultado de la combinación de imágenes y emociones previas (ethos previo) y de imágenes y emociones actuales (ethos discursivo).